Me fijé en ella porque un mediodía caluroso mientras recorría la aglomerada calle Florida levantó la vista para seguir el camino que trazaban un montón de burbujas que un vendedor ambulante repartía por la vereda; y sonrió.
Pocos sonreían entre el calor, el ruido, los empujones...Todos iban, esclavos del reloj, a un ritmo constante y ordenado, acelerados. Devorados por la rutina ninguno se dio cuenta de cómo las burbujas cambiaban de color en su vuelvo. Ninguno salvo ella. Y ahi mismo, me enamoré.