No hay mayor acto de rebeldía que el pensamiento independiente.

jueves, 22 de octubre de 2009



La infanta Margarita
Como una flor clorótica el semblante,que hábil pincel tiñó de leche y fresa,

emerge del pomposo guardainfante,entre sus galas cortesanas presa.
La mano —ámbar de ensueño—,

entre los tulesde la falda desmáyase y sostiene

el pañuelo riquísimo, que vienede los ojos atónitos y azules.
Italia, Flandes, Portugal..., Ponientesol de la gloria el último destelloen sus mejillas infantiles posa...
Y corona no más su augusta frentela dorada ceniza del cabello,

que apenas prende el leve lazo rosa.

martes, 20 de octubre de 2009

IDENTIDAD: Alicia en el país de las maravillas


En el Capítulo V, la Oruga pregunta a Alicia: "-Quién eres tú? Y la niña responde: "Yo... Yo... no ssé muy bien, señor, ahora ... Por lo menos sé quién era cuando me levanté esta mañana, pero me parece que he debido cambiar varias veces desde entonces.
-¿Qué quieres decir con eso? - dijo la Oruga en tono severo. ¡Explícate! -Me temo, señor, no poder explicarme a mí misma -dijo Alicia -porque yo ya no ssoy yo, ¿ve usted?."
" Su visión, teñida de humor negro, nos presenta una vida donde seres alienados conviven sin comunicarse. Sus individualidades representan arquetipos humanos. "

Sobre el OFICIO DE ESCRIBIR...


"Genovesi desenterraba los mismos fantasmas que yo he visto, vivido y vestido en mis propios cuentos, con la diferencia de que para él lo sobrenatural no era un capricho de la fantasía. Le faltaba el don de los poetas para convertir los sentimientos irracionales en bellas imágenes. ¿Cómo explicarle a ese crédulo que la única magia que cuenta es la de la imaginación, que impone sus formas a una amorfa realidad sin más propósito ni beneficios que el de divertimos con el arte de mentir? Y aun esa imaginación no es espontánea pues sólo vale cuando se junta con la inteligencia. La razón es una débil, novata, vacilante y regañada sirvientita, recién advenida en la evolución biológica, pero que sin sus servicios no podríamos disfrutar del ocio, la libertad y la alegría. Ah, Genovesi sería muy hábil en sus tejemanejes con los bancos pero, en su comercio de ficciones conmigo, el pobre emergía de pantanosos sueños con el delirio de un neurótico, la inocencia de un niño y el miedo de un salvaje. Aceptaba todo menos la razón. Cuando por ahí, sin saberlo ni quererlo, merodeó por la frase unamuniana "la razón es antivital", tuve que reprimir las ganas de retrucarle con la frase orteguiana: "El hombre salió de la bestia y en cuanto descuida su razón, vuelve a bestializarse"."

El Fantasma -Por Enrique Anderson Imbert


Enrique Anderson Imbert es un escritor ARGENTINO. Nació en la Provincia de Córdoba en 1910. Es un escritor INCREIBLE, que fue reconocido más en el exterior que en su propio país. Se ve que el pueblo estaba muy ocupado hablando de Maradona o de Graciela Alfano y se olvidó de brindar homenaje a este cuentista y crítico literario brillante...


Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.¿Con que eso era la muerte?¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada!- Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.- Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.Y con buen humor se aproximó a su cadáver - jaula vacía - y fue a entrar para animarlo otra vez.¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.- ¡No entres! - gritó él, pero sin voz.Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.- ¡Cállate! ¡lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.Salió de la habitación, triste.¿Adónde iría?Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre. Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.Esa noche veló al, lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.ÉI había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes .. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural !Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano era una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.También murió su cuñada.Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba. de Antología de Cuentos Fantásticos Argentinos. Emecé, 1970.

A Sí Mismo



Reposarás por siempre, cansado corazón! Murió el engaño que eterno imaginé. Murió. Y advierto que en mí, de lisonjeras ilusiones con la esperanza, aun el anhelo ha muerto. Para siempre reposa; basta de palpitar. No existe cosa digna de tus latidos; ni la tierraun suspiro merece: afán y tedioes la vida, no más, y fango el mundo. Cálmate, y desespera la última vez: a nuestra raza el Hado sólo otorgó el morir. Por tanto, altivo, desdeña tu existencia y la Natura y la potencia dura que con oculto modo sobre la ruina universal impera, y la infinita vanidad del todo.


Por Giacomo Leopardi -Versión de: Antonio Gómez Restrepo

viernes, 16 de octubre de 2009

PaRa aL mOrIr No DeScuBriR QuE nO HaBia ViVidO...


Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. El poema de la creación es perenne pero pocos son los oídos que lo escuchan… La mayoría de los hombres viven una vida de tranquila desesperación. Lo que llamamos resignación no es más que una confirmación de la desesperación. De la ciudad desesperada pasamos al campo desesperado. Hasta detrás de los llamados juegos y diversiones de la humanidad se encuentra una desesperación estereotípica, aunque inconsciente. No hay diversión en ellos, porque esta viene sólo después del trabajo. Pero no hacer cosas desesperadas es una característica de la sabiduría. Nunca es demasiado tarde para renunciar a nuestros prejuicios. No se puede creer firmemente, sin pruebas, en alguna forma de pensar o de hacer, por antigua que sea. Lo que hoy todo el mundo repite y acepta como verdadero, puede convertirse en mentira mañana, una mera opinión de humo que algunos creyeron fuera nube que daría agua fertilizadora para los campos. Tratad de hacer aquello que la gente antigua afirma ser imposible de realizar, y demostrad que sí podéis. Los hechos antiguos pertenecen a las generaciones antiguas, y los nuevos, a la nueva generación… Nadie puede ser un observador sabio e imparcial de la raza humana si no se encuentra en la ventajosa posición de lo que deberíamos llamar pobreza voluntaria… ¿Cuál es la razón por la cual el hombre se ha arraigado a la tierra, sino para poder elevarse hacia los cielos en la misma proporción?… El hombre que no cree que cada día contiene una hora más temprana, más sagrada y rosada que la que él ya ha profanado, ha desesperado de la vida, y está avanzando por un camino descendente y oscuro… La más elevada de las artes consiste en alterar la calidad del día. Todo hombre tiene como tarea hacer su vida digna, hasta en sus menores detalles, de la contemplación de su hora más elevada y crítica… En la eternidad hay realmente algo verdadero y sublime, pero todos esos tiempos y lugares y ocasiones existen ahora y aquí. El mismo Dios culmina en el momento presente, y nunca, en el lapso de todas las edades, será más divino. Y podemos percibir todo lo que es sublime y noble tan sólo por la perpetua inspiración e instilación de la realidad que nos rodea. El universo responde a nuestras concepciones, constante y obedientemente; ya sea que viajemos con rapidez o lentitud, el camino está abierto para nosotros. Por lo tanto, dediquemos nuestra vida a concebirlo… El tiempo sólo es el río en el que voy a pescar. Bebo en él; pero mientras bebo, veo el lecho arenoso y descubro cuán superficial es. Su fina corriente se desliza a lo lejos, pero la eternidad permanece… Por menguada que sea tu vida, enfréntala y vívela; no la esquives, ni le apliques rudos apelativos… No te intereses mucho en conseguir cosas nuevas, Las cosas no varían, nosotros sí. La humildad, como la oscuridad, revela las luces del cielo. La luz que enceguece nuestros ojos es oscuridad para nosotros. Sólo alborea el día para el cual estamos despiertos. Hay aún muchos días por amanecer. El sol no es sino una estrella de la mañana.

jueves, 15 de octubre de 2009


"Hay algo de sagrado en una noche estrellada; se presenta como un portal a los grandes misterios..."

LA PALABRA PRECISA ES PATRIMONIO DEL POETA.-




De los tiempos que corren


Ah, love, let us be true To one another! for the world, which seemsTo lie before us like a land of dreams,So various, so beautiful, so new,Hath really neither joy, nor love, nor light,Nor certitude, nor peace, nor help for pain;And we are here as on a darkling plainSwept with confused alarms of struggle and flight,Where ignorant armies clash by night. (Matthew Arnold)


Solo nos queda la fraternidad en este mundo violento en el que la muerte acecha la belleza a cada instante.

Mi papá memorizó estos versos y desde chica se los escucho repetir...


¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina,…pero no la aborrezco! Cuando la mezquindadenvidiosa en mí clava los dardos de su inquina,esquívase en silencio mi planta, y se encamina,hacia más puro ambiente de amor y caridad.¿Rencores? ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores!Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores,y no prodiga savias en pinchos punzadores:si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,se llevará las rosas de más sutil esencia;y si notare en ellas algún rojo vivaz,¡será el de aquella sangre que su malevolenciade ayer, vertió, al herirme con encono y violencia,y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz! (Amado Nervo)

DEL GRAN RUBEN



LO FATAL
DICHOSO el árbol, que es apenas sensitivo,y más la piedra dura porque ésa ya no siente,pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivoni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,y el temor de haber sido y un futuro terror...¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,y la carne que tienta con sus frescos racimos,y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramosy no saber adónde vamos,ni de dónde venimos!...

miércoles, 14 de octubre de 2009

HEROINA 1


Me parecía que la tierra no hubiera sido habitable si no hubiese tenido a nadie a quien admirar. (Simone de Beauvoir)

Para empezar pido disculpas: mis héroes no trabajan en la última telenovela de Te Le Fe o Canal 12 , no se saben de memoria quienes fueron nominados en “Bailando por un Sueño”, no se preocupan por el qué dirán ni llaman “nerds” a las personas que leen mucho. No admiran a la gente solo porque tenga dinero y no se refugian en los mandatos sociales para realizar sus elecciones personales ni tratan de justificar sus elecciones aduciendo que fueron víctimas de un determinismo extraído de sus circunstancias personales. Si esperaban otra cosa, no sigan leyendo…
Simone de Beauvoir nació el 9 de Enero de 1908 en el seno de una familia burguesa y recibió una formación cristiana. Un gran amigo mío diría que, a juzgar por su vida, fue una verdadera “traidora de clase”.
No pretendo en este breve texto hablar sobre su forma de vida, obras o creencias. Le dejo a cada lector la tarea de descubrirla…
¿Qué me dio a mí en particular? El amor por la libertad individual, la certeza de que el hombre debe asumir las responsabilidades por sus actos individuales ya que se inventa a sí mismo y al inventase a si mismo inventa al hombre (principio existencialista), la capacidad de cuestionarlo todo (“quién dijo como tenía que ser todo, porque no podía ser a mi modo”, diría Calamaro…), un ejemplo de persona auténtica (o sea, FIEL a si misma…¡Qué poca gente auténtica queda!)…
Una advertencia, después de leer su obra, no serán ya los mismos.

LOS CUATRO DILEMAS DE LA CONCIENCIA (Friedrich Nietzsche)

1-¿CORRES POR DELANTE? ¿LO HACES COMO PASTOR?, ¿O COMO EXCEPCION? UN TERCER CASO SERÍA EL DE FUGITIVO...PRIMER DILEMA DE LA CONCIENCIA.

2-¿ERES AUTÉNTICO?, O ¿SÓLO UN COMEDIANTE? ¿UN REPRESENTANTE? ¿O LO REPRESENTADO MISMO? EN DEFINITIVA, ERES MERAMENTE UN COMEDIANTE IMITADO...SEGUNDO DILEMA DE LA CONCIENCIA.

3-¿ERES ALGUIEN QUE OBSERVA?, ¿O ALGUIEN QUE PONE MANOS A LA OBRA?, ¿O ALGUIEN QUE MIRA A UN COSTADO , QUE SE HACE A UN LADO ...? TERCER DILEMA DE LA CONCIENCIA

4-¿ QUIERES CAMINAR EN COMPAÑÍA?, ¿ O CAMINAR POR DELANTE?, ¿ O CAMINAR SOLO?...SE DEBE SABER QUÉ SE QUIERE Y QUE SE QUIERE. CUARTO DILEMA DE LA CONCIENCIA

Desierto Blanco- AUTORA: Ale Vietri

Antes de que amaneciera los despertó el olor a podrido del cadáver. Fernando y Martín permanecieron en silencio, con los ojos abiertos en la oscuridad, soportando el hedor del cuerpo tendido en medio de la celda. La noche anterior habían llorado sin descanso la muerte de su amigo, pero ahora las arcadas comenzaban a reemplazar a las lágrimas.
La luz se encendió repentinamente, como cada mañana, dando la señal de que pronto comenzaría la ardua rutina. Los dos se levantaron y, al acercarse al cuerpo, se acentuó el zumbido incesante de las moscas. Fernando se dijo que no había nada más brutal que la visión de la muerte sobre la juventud. Aquel rostro familiar y aniñado opacado por lo inmóvil, por esa quietud despreciable de los muertos…
Hacía un calor insoportable. El clima nunca había sido igual después de aquella bomba. Los cuerpos parecían, una vez más, derretirse, evaporarse en sudor. El aire sofocaba; casi no tenían fuerzas y la sensación de desmayo era constante.
—Fernando... —susurró Martín—. Hoy nos llevan al Desierto Blanco. Tenemos que irnos de acá como sea.
—¿Cómo sabés que nos llevan hoy?
—¡Sh! ¡Hablá más bajo! Contá las rayitas que fui marcando en la pared. Acordate de que el guardia dijo...
—... que en tres meses nos llevaban —interrumpió Fernando—. Carajo...
—La única que nos queda es... Ya sabés, ¿no?
Una mujer grandota, varonil, se acercó a la celda. En su cinturón brillaba, como perla en aguas turbias, la llave.
—Manos en la cabeza, señoritas.
Su voz era aguda como un chillido. Y, pensó Martín, ese tono burlón que intentó darle al comentario lo volvió más bien irrisorio: semejante corpulencia para una voz tan infantil. Ambos obedecieron. Juana la Grande ni se preocupó por esos dos. Siempre habían tenido muy buena conducta: nunca ni un sí ni un no con ella. Obedientes, respetuosos. Nunca se quejaban de las revisaciones semanales ni de las ocasionales duchas a manguerazos por entre los barrotes.
—Vos, rápido, mové el cuerpo afuera. Y ojito con intentar nada raro, porque ya hay un finado y otro más no molesta… JA, JA.
Su risa era pueril, patética. Así se ríe un mediocre satisfecho frente a un poquito de poder, pensó Martín.
Ambos tomaron el cuerpo de su amigo. Era pesado, a duras penas podían arrastrarlo. Avanzaron unos centímetros y lo dejaron caer, rendidos. Enseguida se acercó Juana, más soberbia que de costumbre.
—Dejenmé ayudarlas, señoritas.
Martín y Fernando se hicieron a un lado. Juana, con aires de grandeza, tomó el cuerpo por las muñecas .
Fernando, por detrás, pateó fuerte sus piernas, y le hizo perder el equilibrio. Así cayó su Goliat. La vieja trampa, pensó Martín, de dejar a alguien deleitarse en su propia soberbia. Una vez en el piso, Fernando le pateó la cara desquitándose de todas las injusticias que había sufrido. Una única y brutal patada: la patada de la libertad.
Luego, todos los movimientos fueron rápidos: dejaron ambos cuerpos dentro de la celda, cerraron con llave y se dirigieron a un hueco, que según el saber popular de los pasillos, servía de refugio a los pocos que lograban escapar. Era necesario apurarse, seguramente pronto notarían su ausencia.
Fernando le hizo un gesto a Martín para que lo siguiera, empujó una rejilla y un oscuro túnel se desplegó ante sus ojos. Comenzaron a recorrerlo en cuclillas. Percibían un olor ácido, similar al de una habitación cerrada, húmeda y llena de cuerpos en descomposición.
Hacía meses que no comían bien, y el estómago se les retorcía de hambre y nervios. Aún hacía un calor insoportable. La baja presión y el hambre eran sanguijuelas que les absorbían las fuerzas. Avanzaron unos cuantos metros: los guiaba el deseo de salir. Oían el monótono raspar de su marcha. De pronto frente a Martín chilló una rata que parecía dispuesta a atacar. Sorprendido, se movió bruscamente hacia su izquierda. Un trozo de acero sobresaliente le atravesó la pierna. Martín gritó. La sangre manaba de su pierna como de una fuente fértil. Fernando cortó un pedazo de su pantalón y lo anudó cerca de la herida. La marcha se hizo más lenta, pero debían continuar; el olor a sangre fresca atraería más ratas.

—Oficial, ¿dónde está la encomienda para el Desierto Blanco?
—Es que… él… la... en…
—¡Respondé! ¿Dónde mierda está? —gritó el general, al tiempo que disparaba entre los pies de su subordinado. Pálido y al borde de las lágrimas, el oficial pegó un salto que pareció de ballet.
-—Juana la Grande —siguió tartamudeando el oficial—. Ella dijo que la traería…dijo que podía sola…
—¡SUFICIENTE, INEPTO! ¡Alertá a toda la vigilancia! Tenemos que atrapar a los prisioneros. Las bestias no soportan ningún error. Los errores, querido oficial, son humanos, y vos ya sabés que ellas no lo son. ¡Que cierren todos los agujeros y enciendan todas las cámaras! ¡Más vale que los encuentren!
El general estaba furioso. Pero en el fondo de toda su rabia, había un hombre débil que sentía miedo. Un miedo atroz, abismal. Las criaturas del Desierto Blanco a quienes él debía obedecer, no tolerarían otro error. Esos demonios de arena, infrahumanos, se cobrarían ante todo con su pellejo y luego destrozarían lo poco que quedaba. Eran seres de injertos humanos, míseros jirones de lo que alguna vez fueron personas. Aún así poseían una fuerza inconcebible y un apetito voraz. Afuera, todo era arena blanca, polvo alzándose en remolinos impetuosos. Las enormes bestias parecían flotar sobre la superficie arenosa, se deslizaban velozmente reinando sobre la devastación y la miseria. Los humanos estaban cansados de luchar, de vivir como gusanos, recorriendo túneles en busca de otros humanos. Las bestias lo gobernaban todo. Los pocos hombres que quedaban, lograban sobrevivir traicionando a los de su especie . El General se sentía ofuscado. Las demandas iban en aumento y cada vez era más difícil satisfacerlas.

—Los hemos localizado, mi general. Están en la tercera tubería, sector C6. Habrán recorrido unos 500 metros —dijo el oficial, orgulloso de poder complacer a quien, momentos atrás, pudo haber sido su verdugo.

Arrastrándose con dificultad, Fernando y Martín llegaron a un piletón donde desembocaban varias tuberías. Cayeron ahí como desechos arrastrados por la corriente y notaron la presencia de miles de ratas. Gritaron de pavor, pero las ratas se prendían a sus cuerpos como ventosas vampirescas. Se les echaban encima como si ya estuviesen muertos. Desprendían las ratas y las lanzaban fuerte contra las paredes. El hambre endiablado de esos monstruos, los hacía sacudir en un baile satánico.
El agua inundó el piletón a una velocidad vertiginosa, y ellos, lograron nadar hasta una de las tuberías. Una compuerta se cerró justo tras su paso. Los dos se recostaron en el piso de la tubería, respirando entrecortadamente. Sentían, sin embargo, un profundo alivio, que ni las heridas ni el hambre ni el terrible cansancio podían opacar.
Aún conmocionados por la lucha, continuaron arrastrándose.
Fernando se detuvo.
—¿No escuchás ese ruido?
—No escucho nada, sigamos, creo que veo la salida —respondió Martín con entusiasmo.
Un poco de agua comenzó a filtrarse en la tubería.
—¡Rápido, hacia la salida, rápido! —gritó Fernando. El agua se escurría; poco a poco los iba cubriendo. Avanzaban como animales asustados buscando una salida, sin poder razonar, en ese acuático laberinto de lata que les servía de prisión.
Agua. Agua. Agua. Fluía. Goteaba. Martín estaba desesperado, su pierna herida dificultaba la marcha:
—¡Seguí vos! —gritó.
El agua subía, ahora velozmente; sus cuerpos estaban sumergidos hasta el cuello.
—¡Vamos, seguí! —gritó Fernando—. Allá está la salida, dale...
La ilusión le encendió los ojos y recobraron fuerzas. Las tuberías se volvían más estrechas. Llegaron por fin a la escalera que desembocaba en la tapa ciega de la alcantarilla. El agua cubría la escalera por completo y ambos nadaron hacia arriba. Martín golpeó la tapa y Fernando intentó ayudarlo. Pero no lograron hacerla ceder: ¡estaba sellada!

Los dos cuerpos, azules, flotaban inmóviles. El general ordenó recogerlos y después se dirigió al Desierto Blanco para entregar sus ofrendas. Esta vez fueron cuatro (Julio y Juana la Grande también sirvieron para mejorar su posición frente a los amos). Solo hubo quejas de que no estuviesen vivos: a las bestias les divertía más cazar.


¿Para qué, pues, sirve la filosofía?


La respuesta a esta pregunta ha sido esgrimida magistralmente por Deleuze:«Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve al Estado, ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene un uso: denunciar la bajeza en todas sus formas. ¿Existe alguna disciplina, fuera de la de filosofía, que se proponga la crítica de todas las mixtificaciones, sea cual sea su origen y su fin? Denunciar todas las ficciones sin las que las fuerzas reactivas no podrían prevalecer. Denunciar en la mixtificación esta mezcla de bajeza y estupidez que forma también la asombrosa complicidad de las víctimas y de los autores. En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo, afirmativo. Hacer hombres libres, es decir, hombres que no confunden los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral, y la religión. Combatir el resentimiento, la mala conciencia, que ocupan el lugar del pensamiento. Vencer lo negativo y sus falsos prestigios. ¿Quién, a excepción de la filosofía, se interesa por todo esto? La filosofía como crítica nos dice lo más positivo de sí misma: empresa de desmitificación. Y, a este respecto, que nadie se atreva a proclamar el fracaso de la filosofía. Por muy grandes que sean la estupidez y la bajeza serían aún mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impide ir todo lo lejos que quisieran... pero ¿quién a excepción de la filosofía se lo prohíbe?».

martes, 13 de octubre de 2009

De Vencedores y Vencidos


¿Por qué Resistecia Urbana? Porque la idea es pensar la lectura y la escritura como actos de resistencia. Maximiliano Tomás explica así la RESISTENCIA:

RESISTENCIA PASIVA: "Se corresponde con el disfrute intrínseco del acto de leer, con la exaltación de la imaginación y el despertar de los sentidos. Esa mínima victoria del principio de placer por sobre el principio de realidad. Se sabe, leer nos acercará o alejará (según lo deseemos) del mundo y de nosotros mismos".

RESISTENCIA ACTIVA: "tiene que ver con la autoconciencia y el saber, por lo que integra a la primera y se extiende: desde los primeros tiempos los detentadore del poder se desvelaron por oponer barreras entre el gran público y el conocimiento.


Así se llega a estos timepos de "pensamiento único", en el que se diseñan estrategias cada vez más modernas, efectivas y universales de sumisión. Este es uno de los motivos por los que , en nuestras sociedades, es cada vez menor el tiempo que podemos dedicarle al ocio (creativo no) y a nuestra formación, obligados como estamos a solucionar otros problemas inmediatos."


La cultura de la idiotización avanza, es el mecanismo de control social por excelencia. ¿ Cómo combatir contra un gigante semejante? Sembarando la semilla del pensamiento crítico, para que opere como aquella piedrita que derribó al Gran Goliat.


Dos aliadas: la Literatura y la Filosofía.


¡Luchemos pensando y vivamos luchando!