No hay mayor acto de rebeldía que el pensamiento independiente.

martes, 14 de octubre de 2014


El trébol

Escucho el llanto y por eso sé que ella pronto se va a acercar. Entra en la habitación. Es bonita, a pesar de que tiene ojeras como si se las hubiera remarcado con corcho quemado y se observa un crecimiento leve del vello sobre los labios. Todavía usa la ropa de ayer porque seguramente otra vez se quedó dormida en el sillón.
La ventana principal de la habitación está entreabierta y un halo de luz refleja los lunares de la cortina sobre la pared opuesta, y deja pasar una brisa leve, de temperatura perfecta. La ventana da a un balcón bastante amplio, y una escalera desde el balcón permite bajar al jardín, un parque de importante dimensiones en medio del barrio privado Solar de Bahía. Sobre la cuna, hay un móvil con animales de colores y la música del móvil, suave, tímida, tiñe el aire de vida nueva.
Se inclina sobre la cuna. Alza a al bebé y es como si pudiera oler la piel frágil y de recién nacido. Sonríe y siento envidia. El calor de la piel de un bebé tiene el mismo pulso de vida que el vigoroso golpe de un latido. Puedo ver como ella lo siente. Quisiera poder sentirlo yo también.
El bebé se duerme. Antes de salir de la habitación, ella se mira al espejo, como tratando de reconstruirse después del parto. La puerta queda entreabierta y una franja de luz ilumina la cuna. Puedo ver la absoluta paz con la que duerme, me da envidia ese aspecto de la vida.
Pasa el tiempo. A mí me importa poco. Pero entiendo su desesperación. Debe ser muy difícil vivir con la certeza de la muerte, pero es el precio que pagan por vivir y en esa ecuación dudo que yo tenga alguna ventaja.
Siento un ruido y veo que detrás de la cortina ella está escondida. Tiene puesto un camisón transparente que deja traslucir sus pezones firmes y la cabellera larga y enmarañada.
Escucho la voz de él, que no me cae bien, diciendo: Mi amor, no te preocupes, esta vez voy yo.
Por supuesto. Se va a encargar porque no quiere que su mujer vea a la otra, a la que está escondida atrás de la cortina. Entra dormido a la habitación, mira al bebé, activa nuevamente la música del móvil y después se acerca hasta la ventana y lame los pezones de la otra mientras la manosea. Ella ríe levemente y le dice que va a salir por la ventana en un rato, pero que antes, y para decirle esto se inclina y pega los labios sobre el lóbulo de su oreja, quiere que lo hagan en el balcón, que tiene ganas de sentirlo en el balcón.
Salen al balcón y ya no puedo verlos.
A la media hora, lo veo volver y salir de la habitación hacia el baño. El bebé empieza a llorar. Ella entra esta vez y lo alza. Se sienta frente a la ventana. Le da el pecho al tiempo que le canta con dulzura. Después de hacerle provechito, lo posiciona de nuevo en su cuna y vuelve a su habitación.
La otra, que pensé que se había ido, entra a la habitación y alza al bebé ¡cuánto cinismo! Lo acerca a sus pechos turgentes y le pasa los labios por la frente. Sus ojos tienen un brillo muy particular, que no logro interpretar en su totalidad. Se queda unos veinte minutos, y vuelve a salir al balcón.
La mujer puede entrar y salir a su entero gusto por la escalera del balcón: la casa no tiene rejas porque el barrio privado es lo suficientemente seguro para permitir que todos vivan en paz.Se mudaron al country hace seis años ya, cuando ella heredó una importante cadena de jugueterías. Cuando se conocieron, él hacía muebles y en su tiempo libre, esculturas. Por eso, en el jardín hay estatuas blancas, ubicadas espaciadamente. A diferencia de ella, venía de una familia de clase media baja y su matrimonio había sido su manera de sacarse la lotería.
Ahora son las 5 am y el bebé vuelve a llorar.
¿Podrías ir vos de nuevo, amor? Estoy muy cansada, no me siento bien.
Si, hermosa. Escucho el beso que le dio, seguramente en la frente.
Entra él en la habitación en penumbras. El bebé no para de llorar y entonces él me agarra y me coloca en la cuna, al lado del bebé. Sin esperar siquiera que deje de llorar, sale de la habitación.
Yo tengo un tamaño muy grande en comparación al bebé y por estar mal posicionado, no puedo evitar que la inercia me incline sobre el bebé. Una de mis patas de peluche queda justo sobre la nariz y la boca del bebé. Me doy cuenta que si no me corro se va a ahogar, pero no tengo forma de moverme. Veo como el bebé empieza a tener dificultades para respirar. Quisiera gritar para alertarlos, quisiera que el bebé llorara con todas sus fuerzas para que entren. No puedo hacer mucho.
El bebé comienza a ponerse azul. Los latidos del corazón batean. Su piel blanca empieza a teñirse de azul, como el agua de un cuenco al agregarle unas pocas gotas de tinta.
En ese momento, entra ella del balcón, que había estado viendo toda la situación. Alza el bebé, lo besa.
Veo como le cae una lágrima.

Me agarra y me lleva con ella.