Era uno de esos antiguos relojes de arena. Desde la parte que ahora estaba abajo, miraba hacia el agujero. Se corrió bruscamente cuando la arena comenzó a caer. Los primeros granos se deslizaban contenidos, pero pronto comenzaron a caer a un ritmo menos benévolo.
Las alas eran de mimbre. Pero, aun asi, el material era lo suficientemente liviano como para tener fe de volar.
Se metió la mano en el bolsillo del saco, que de pronto no tuvo más fondo. Metió la mano y luego se metió entera. Oscuridad y el agua de la corriente que avanzaba moviéndola con el efusivo vaiven de un sonajero. Se despertó en una playa. Le tendía la mano un hombre a caballo. Siempre lo esperó. No sabía si tomar o no su mano, sus ojos eran infinitamente dulces, pero sus labios eran fríos y muy malos actores.
A medias, como de costumbre, ni subió al caballo ni se corrió hacia el lado Oeste.
caminaba con hambre y le dolían los pies. Pero no iba a decirselo. Como tampoco nunca iba a decirle lo que pensaba. Hablaba bastante, pero era reservada.
Llegaron a la flor lila. Que bella imagen. entre tres grandes montañas, un lago color plata. En el medio del lago, un pequeño montículo de tierra. En el medio del montículo una flor del tamaño de un árbol.
_¿A qué vinieron?_ dijo la flor.
_A salvar al pájaro de mimbre, respondió sin pensar.
La flor rió. _ Los párjaros de mimbre no vuelan. Las cosas son como son y asi han sido y asi seran.
_¿Por qué?,_dijo el caballero. Era lo primero que decía en todo el día. Ella nunca iba a entender como le gustaba ese mutismo soberbio que lo caracterizaba.
La flor no respondió y decidieron irse.
_Lo que nosotros creamos, asi será_dijo el caballero y la tomó de la mano.
(Continuará)