No hay mayor acto de rebeldía que el pensamiento independiente.

viernes, 30 de mayo de 2014

“ Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”. Simone de Beauvoir (no me canso de citarla)

Cosas de todos los días

“ Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”.
 Simone de Beauvoir (no me canso de citarla)

Está tirado sobre un colchón viejo, sobre la vereda de Alem,
Con la misma camisa abierta
De hace 30 días
Duerme acunado por la pestilencia
Y entre los papeles sucios de diario que lo tapan mezquinos
Una cicatriz de vidrio de botella
Le cruza la pierna de par en par

Tiene el estómago ávido como una ventosa
Que le cruje vacío

No nos llama la atención, se ve.

Apurados, de tapado, portafolio, celular, y botas altas

Esa imagen se recorta como un detallecito más

lunes, 12 de mayo de 2014

Cuando se sientan frente a frente...




"The love that lasts longest is the love that is never returned"- A Writer’s Notebook , W. Somerset Maugham
Cuando se sientan frente a frente los amores imposibles
la mirada es el peligro del sol cuando lacera

Cuando los amores imposibles se toman un café
tranquilos, como si nada
abajo se retuerce un mar negro
con el ímpetu de la tempestad.

No me pongan esa cara de ayer
No me miren con el gris de la omisión
No me pregunten a mí
por qué su amor es de insectos alborotados
atrapados en un frasco,
mudo desde la tapa
violentos ademanes por salir
desde el cristal

Cuando un amor imposible intenta el contacto
herido de olvido como un anciano que alimenta palomas

                                                                               
el atardecer arde

Ya lo dijo Maugham

No hay amor que dure más que el amor que no se devuelve


hasta que se devuelve

y para siempre





Cosas que pasan -

Huye
No es casual que el piso del lugar sea de mármol, con ese aire de sacralizado, como el de las iglesias y cementerios, solemne, innecesariamente solemne y sacro. No es casual que yo estuviera dando una vuelta al salón, curiosa, y que el piano empezara a sonar de improvisto, con tonos graves y al levantar la vista se me apareciera la figura de una mujer con una capa negra y entonces me sobresaltara y a los pocos segundos recuperara la calma al darme cuenta que era solamente una estatua.
Enseguida salí de la exposición. Parada en la esquina de Roca y Piedras, me quedé mirando la nada, con una sensación horrible, como si ver esa estatua hubiera sido alguna especie de presagio oscuro. Adelante mío iba caminando una chica, de tapado rojo, arreglada y se tropezó. No pude evitar sonreírme ante su tropezón; siempre me simpatizaron las mujeres en tacos que se tropiezan. Es como que ese tropezón las vuelve a la normalidad, las humaniza, van caminando erguidas, elegantes, etéreas y el tropezón las acerca a la tierra, les devuelve esa especie de simpatía que pierde la mujer cuando quiere lucir ejecutiva.
A mi me pasa, cuando me tropiezo me acuerdo de que además de ser empleada en una multinacional, soy una persona, una pelotuda que se tropieza y que se puede reír de sí misma sin tener que estar siempre en pose profesional, hablando con léxico enrevesado y técnico e hilando estrategias al mejor estilo El Arte de la Guerra. Hay mujeres que tienen por libro preferido El Principito. El mío es El Arte de la Guerra, y no estoy muy segura de a qué viene esa diferenciación pero se me hace que es clave.
La cuestión es que tenía que apurarme. Eran ya las dos menos veinte. Le chiflé a un taxi, y aceleré el paso complicada por lo estrecho de la pollera y el alto de los zapatos. Puteé porque se me corrió la media de encaje al subir al taxi. Miré como tres veces el reloj como si por insistir la hora se fuera a modificar. Ironía al por mayor, en la radio Fito Páez me recordó que siempre se hace tarde en la ciudad. Abrí la cartera, ese universo paralelo que llevamos las mujeres a cuestas y poseedora de todas las soluciones y respuestas, y me pinté los labios y me tapé un poco las ojeras y me acomodé el esmalte de las uñas. El tachero me mira y me dice:
“No te hace falta tanto revoque, estás para el crimen” y se ríe, como aspirando la risa, cosa que siempre asocio con los cerdos o los pervertidos.
Le tiro mi sonrisa de asco y no hablo. Siempre que quiero dejarle a alguien bien en claro que su comentario me cayó mal, no hablo. Y funciona porque el silencio es más poderoso que la palabra. Me acordé justo de una charla de Violencia de género discursiva, una de las tantas charlas que usé para sumar puntos mientras estudiaba. La profesora había hecho un chiste sobre los taxistas: Podría usarlos de ejemplo en el 99% de los casos, salvo si su mujer está presente. Me había causado gracia, porque esa dualidad es típica en los hombres.
Ey, ¿por qué no agarraste por Libertador?
Mucho tránsito.
¿Es tráfico o tránsito? Siempre tuve esa duda. Sonó el celular. Un mail. Lo leí rápido y lo respondí. Cuando levanté la vista me di cuenta que no ubicaba el lugar en el que estábamos.
¿Estamos muy lejos? Estoy llegando tarde.
Me desvié por el tránsito, calculale unos veinte minutos, nena.
Algo en su tono de voz me disgustó. Me incomodó. La intuición nunca fue mi fuerte aunque digan que es propia de las mujeres, pero esta vez una alarma me recorrió en la forma de escalofrío.
¿Sabés qué? Dejame acá que me voy caminando.
Esperá un segundo que te alcanzo, ya llegamos.
Los nervios hicieron que la señal se me empezara a cortar, en el caso de las antenas es la distancia, pero en el caso de los humanos, las emociones son las que nos cortan la señal entre la razón y la acción y entonces mis pensamientos se volvieron entrecortados de los nervios, se iba perdiendo la señal y la capacidad de razonar, de tomar una determinación, se alejaba, porque por la ventana la zona se iba poniendo cada vez más fea, más remota, más peligrosa.
Traté de calmarme. Son ideas mías. Nada más. El tipo en ese momento frena a un lado. El corazón se me estaba por salir, pero me doy cuenta que frenó para esquivar un perro que se cruzó como estrella fugaz en el medio de la calle.
La puta que lo parió, casi choco.
Preventivamente, le saqué una foto al nombre del taxista que surgía de la placa de identificación que pegan en el respaldo de los asientos delanteros y que siempre me ocupé de mirar para reconocer al conductor en el de la foto, pero en ese momento se me ocurrió que era muy estúpido, porque aunque el certificado no estuviera falsificado, el riesgo que corría era el mismo. Igual saqué la foto y se la pasé por Whatsapp a mi mamá. Seguramente no iba a entender el mensaje, pero había un registro.
Volvió a arrancar el auto y me quedé más tranquila. En ese momento, al taxista le llega un mensaje. Frena el auto.
Disculpame, tengo que hacer una llamada, no te jode ¿no?
Me va a secuestrar. Esto es como escucho en las noticias. Termino en una red de trata. Me va a violar. Termino muerta en cualquier baldío. Se me ocurrió sacarme los zapatos. Los deslice despacio, sin moverme demasiado y me acerqué a la puerta. Para disimular, llamé por teléfono a mi novio, y empecé a hablarle en inglés para poder explicarle la situación. Tratá de tirarte y corré, dijo. Yo ya llamo a la policía y me voy con la camioneta para allá. Corté y me dije a mi misma: Vas a correr, vas a correr como nunca antes corriste en tu vida. Deslicé la traba del taxi y aprovechando un semáforo me bajé y empecé a correr.
Lo más rápido que me daban las piernas, gritando y pidiendo ayuda.
Lo último que escuche del taxista fue que me gritó: ¡Hija de puta! Te fuiste sin pagar.