Huye
No es casual que el piso del
lugar sea de mármol, con ese aire de sacralizado, como el de las iglesias y
cementerios, solemne, innecesariamente solemne y sacro. No es casual que yo
estuviera dando una vuelta al salón, curiosa, y que el piano empezara a sonar
de improvisto, con tonos graves y al levantar la vista se me apareciera la
figura de una mujer con una capa negra y entonces me sobresaltara y a los pocos
segundos recuperara la calma al darme cuenta que era solamente una estatua.
Enseguida salí de la exposición.
Parada en la esquina de Roca y Piedras, me quedé mirando la nada, con una
sensación horrible, como si ver esa estatua hubiera sido alguna especie de
presagio oscuro. Adelante mío iba caminando una chica, de tapado rojo,
arreglada y se tropezó. No pude evitar sonreírme ante su tropezón; siempre me
simpatizaron las mujeres en tacos que se tropiezan. Es como que ese tropezón
las vuelve a la normalidad, las humaniza, van caminando erguidas, elegantes,
etéreas y el tropezón las acerca a la tierra, les devuelve esa especie de
simpatía que pierde la mujer cuando quiere lucir ejecutiva.
A mi me pasa, cuando me tropiezo
me acuerdo de que además de ser empleada en una multinacional, soy una persona,
una pelotuda que se tropieza y que se puede reír de sí misma sin tener que
estar siempre en pose profesional, hablando con léxico enrevesado y técnico e
hilando estrategias al mejor estilo El Arte de la Guerra. Hay mujeres que
tienen por libro preferido El Principito. El mío es El Arte de la Guerra, y no
estoy muy segura de a qué viene esa diferenciación pero se me hace que es
clave.
La cuestión es que tenía que
apurarme. Eran ya las dos menos veinte. Le chiflé a un taxi, y aceleré el paso
complicada por lo estrecho de la pollera y el alto de los zapatos. Puteé porque
se me corrió la media de encaje al subir al taxi. Miré como tres veces el reloj
como si por insistir la hora se fuera a modificar. Ironía al por mayor, en la
radio Fito Páez me recordó que siempre se
hace tarde en la ciudad. Abrí la cartera, ese universo paralelo que
llevamos las mujeres a cuestas y poseedora de todas las soluciones y
respuestas, y me pinté los labios y me tapé un poco las ojeras y me acomodé el
esmalte de las uñas. El tachero me mira y me dice:
“No te hace falta tanto revoque,
estás para el crimen” y se ríe, como aspirando la risa, cosa que siempre asocio
con los cerdos o los pervertidos.
Le tiro mi sonrisa de asco y no
hablo. Siempre que quiero dejarle a alguien bien en claro que su comentario me
cayó mal, no hablo. Y funciona porque el silencio es más poderoso que la
palabra. Me acordé justo de una charla de Violencia de género discursiva,
una de las tantas charlas que usé para sumar puntos mientras estudiaba. La
profesora había hecho un chiste sobre los taxistas: Podría usarlos de ejemplo en el 99% de los casos, salvo si su mujer
está presente. Me había causado gracia, porque esa dualidad es típica en
los hombres.
Ey, ¿por qué no agarraste por Libertador?
Mucho tránsito.
¿Es tráfico o tránsito?
Siempre tuve esa duda. Sonó el celular. Un mail. Lo leí rápido y lo respondí.
Cuando levanté la vista me di cuenta que no ubicaba el lugar en el que
estábamos.
¿Estamos muy lejos? Estoy llegando tarde.
Me desvié por el tránsito, calculale unos veinte minutos, nena.
Algo en su tono de voz me disgustó.
Me incomodó. La intuición nunca fue mi fuerte aunque digan que es propia de las
mujeres, pero esta vez una alarma me recorrió en la forma de escalofrío.
¿Sabés qué? Dejame acá que me voy caminando.
Esperá un segundo que te alcanzo, ya llegamos.
Los nervios hicieron que la señal
se me empezara a cortar, en el caso de las antenas es la distancia, pero en el
caso de los humanos, las emociones son las que nos cortan la señal entre la
razón y la acción y entonces mis pensamientos se volvieron entrecortados de los
nervios, se iba perdiendo la señal y la capacidad de razonar, de tomar una
determinación, se alejaba, porque por la ventana la zona se iba poniendo cada
vez más fea, más remota, más peligrosa.
Traté de calmarme. Son ideas
mías. Nada más. El tipo en ese momento frena a un lado. El corazón se me estaba
por salir, pero me doy cuenta que frenó para esquivar un perro que se cruzó
como estrella fugaz en el medio de la calle.
La puta que lo parió, casi choco.
Preventivamente, le saqué una
foto al nombre del taxista que surgía de la placa de identificación que pegan
en el respaldo de los asientos delanteros y que siempre me ocupé de mirar para
reconocer al conductor en el de la foto, pero en ese momento se me ocurrió que
era muy estúpido, porque aunque el certificado no estuviera falsificado, el
riesgo que corría era el mismo. Igual saqué la foto y se la pasé por Whatsapp a
mi mamá. Seguramente no iba a entender el mensaje, pero había un registro.
Volvió a arrancar el auto y me
quedé más tranquila. En ese momento, al taxista le llega un mensaje. Frena el
auto.
Disculpame, tengo que hacer una llamada, no te jode ¿no?
Me va a secuestrar. Esto es como
escucho en las noticias. Termino en una red de trata. Me va a violar. Termino
muerta en cualquier baldío. Se me ocurrió sacarme los zapatos. Los deslice
despacio, sin moverme demasiado y me acerqué a la puerta. Para disimular, llamé
por teléfono a mi novio, y empecé a hablarle en inglés para poder explicarle la
situación. Tratá de tirarte y corré, dijo. Yo ya llamo a la policía y me voy
con la camioneta para allá. Corté y me dije a mi misma: Vas a correr, vas a
correr como nunca antes corriste en tu vida. Deslicé la traba del taxi y
aprovechando un semáforo me bajé y empecé a correr.
Lo más rápido que me daban las
piernas, gritando y pidiendo ayuda.
Lo último que escuche del taxista
fue que me gritó: ¡Hija de puta! Te fuiste sin pagar.
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