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sábado, 26 de febrero de 2011

La Ejecución

En el centro de la Plaza del Terror se eregía con elegancia la más impune de las asesinas. Aquella que había tornado la muerte en un espectáculo público.
¿Pensarían con iroría algunos de los ejecutados al apoyar sus cabezas: "Dios bendiga el humanismo de Joseph Guillotin!"...? El corte no solía ser tan preciso y muchas veces la sangre brotaba como de una fuente. Los cuerpos caían con aplomo y las cabezas giraban con vigor. Era una época en donde el romanticismo patriótico daba lugar a pocos imposibles: los hombres intentaban las más intrépidas empresas.

Aquel día, uno entre todos los revoltosos días de una época en la que aún pasaban cosas, Robespierre era escoltado hacia la muerte.
Con el porte resuelto de los hombres de mando, caminaba entre el bullicio del pueblo y de las moscas. No tenía miedo. Miró a su verdugo y le dijo:

"Muéstrale mi cabeza al pueblo francés, se merecen verla".

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ojala todos los libros de historia estuviesen narrados asi!

Me resuena la Marsellesa de fondo!!

Muy bueno

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