Una luz similar a la del sol se suele filtrar en tus ojos cuando sonreís y ni el paso del tiempo es capaz de apaciguar el amanecer de tu mirada.
Aquella tarde, nos mirábamos como se miran las cosas sagradas y en ese asombro religioso permanecíamos en silencio.
Me tomaste de la mano y el calor subió a mis mejillas con torpeza.
No era el primer beso, pero los años borran las huellas de las barreras que entre dos se derrotaron.
Así que tu beso resultó con el mismo conjuro que el primero, pero con una raíz profunda que me crecía desde la boca hasta aferrarme al suelo, perforándome así la profundidad del amor.

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