Estaba en la galería,
recostada sobre la hamaca paraguaya, y se me enfriaron los pies. Una vieja
lesión en el tobillo derecho me alertó de la humedad. Miré hacia afuera y
quieto y oscuro el patio me devolvió una sensación de soledad.
Subí a ponerme un buzo y volví a salir a la galería. Como abismo la tormenta me buscaba. Tal vez sea esa intuición innata de buscar afuera algo que refleje la forma del dolor interno, una manera de comprender o de desdibujarse.
La pérdida. La carencia. Ahí Pizarnik me lo había anticipado todo.
Te tuve.
Hubo de tu cara en medio de mi desayuno, de tu cara en medio de una tarde de mucho sol y mucha risa, hubo de tus manos que me abrazaron fuerte el día en que me odié tanto a mi misma, hubo de tus palabras diciendo: "Sos hermosa", "Si levantás la vista, siempre voy a estar ahí para cuidarte", "No te preocupes", "Fuiste la única persona capaz de llenar el vacio que dejó en mí, mi papá, cuando ya no estuvo", hubo tanto de vos. Hubo besos en cada esquina de Belgrano, hubo el sueño de que por fin había llegado el amor, esas ganas de llenarme una vez más los bolsillos de mañana.
Empezó a llover.
Se me nubló la vista del patio.
Me acordé de que me mentiste solo para tomarte el mismo tren conmigo. Me acordé que una vez llevé hasta un candelabro para comer en la terraza de la facultad con vos. Me acordé de lo fuerte que me abrazaste un día en que todo parecía tan mal. De la noche en que me quedé dormida en la alfombra desesperada por cuidarte porque te sentías mal. Me acuerdo de estar en el Obelisco, y vos tan nervioso que yo creí que me ibas a dejar, y entonces me diste un anillo de compromiso.
Es ese conjunto de cotidianidades que se van apilando: vos en almuerzos, vos en bicicleta vos en la cena, vos en el café de la esquina de retiro, vos en la puerta del trabajo, vos en casa, vos en tu casa, en tu pijama, vos en todo lo que hay para atrás.
Pero, de tanto construir, de tanto crecer y madurar y "adultarnos", perdimos el amor. Perdimos ese principio que se parecía al cielo en el mejor día del verano. Y entonces vino gente de afuera a vender humo, y la plata, y los trabajos, y el mal humor, y el agotamiento, y el egoísmo, y los miedos y todo lo que nos hacía feliz se volvió contra nosotros y nos destruyó. Como un ovillo de lana, larguísimo, que se empezó a desenredar, a desapegar, a infectar de olvido, y se perdió el camino, la punta desapareció entre nudos, esperas, odios, quedamos los dos enredados, estrangulados ente tanto desorden...
Todo el mundo que eramos vos y yo, se me derrumbó encima.
Sigue lloviendo, sigue oscuro, y adentro duele todo. Y por eso miro llover: desde afuera.
Subí a ponerme un buzo y volví a salir a la galería. Como abismo la tormenta me buscaba. Tal vez sea esa intuición innata de buscar afuera algo que refleje la forma del dolor interno, una manera de comprender o de desdibujarse.
La pérdida. La carencia. Ahí Pizarnik me lo había anticipado todo.
Te tuve.
Hubo de tu cara en medio de mi desayuno, de tu cara en medio de una tarde de mucho sol y mucha risa, hubo de tus manos que me abrazaron fuerte el día en que me odié tanto a mi misma, hubo de tus palabras diciendo: "Sos hermosa", "Si levantás la vista, siempre voy a estar ahí para cuidarte", "No te preocupes", "Fuiste la única persona capaz de llenar el vacio que dejó en mí, mi papá, cuando ya no estuvo", hubo tanto de vos. Hubo besos en cada esquina de Belgrano, hubo el sueño de que por fin había llegado el amor, esas ganas de llenarme una vez más los bolsillos de mañana.
Empezó a llover.
Se me nubló la vista del patio.
Me acordé de que me mentiste solo para tomarte el mismo tren conmigo. Me acordé que una vez llevé hasta un candelabro para comer en la terraza de la facultad con vos. Me acordé de lo fuerte que me abrazaste un día en que todo parecía tan mal. De la noche en que me quedé dormida en la alfombra desesperada por cuidarte porque te sentías mal. Me acuerdo de estar en el Obelisco, y vos tan nervioso que yo creí que me ibas a dejar, y entonces me diste un anillo de compromiso.
Es ese conjunto de cotidianidades que se van apilando: vos en almuerzos, vos en bicicleta vos en la cena, vos en el café de la esquina de retiro, vos en la puerta del trabajo, vos en casa, vos en tu casa, en tu pijama, vos en todo lo que hay para atrás.
Pero, de tanto construir, de tanto crecer y madurar y "adultarnos", perdimos el amor. Perdimos ese principio que se parecía al cielo en el mejor día del verano. Y entonces vino gente de afuera a vender humo, y la plata, y los trabajos, y el mal humor, y el agotamiento, y el egoísmo, y los miedos y todo lo que nos hacía feliz se volvió contra nosotros y nos destruyó. Como un ovillo de lana, larguísimo, que se empezó a desenredar, a desapegar, a infectar de olvido, y se perdió el camino, la punta desapareció entre nudos, esperas, odios, quedamos los dos enredados, estrangulados ente tanto desorden...
Todo el mundo que eramos vos y yo, se me derrumbó encima.
Sigue lloviendo, sigue oscuro, y adentro duele todo. Y por eso miro llover: desde afuera.
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