
Mi nombre es Pedro Donadie, pero la gente me dice Pedrito. Quiero a la gente, a todos. Y me quieren, o eso creo, porque me gusta escuchar. Paradojicamente escucho para observar. Escucho para concluirlo todo acerca de los hombres y la existencia.
Trabajo de lunes a viernes en el piso 26 de un edificio en microcentro. Mi oficina es la 4 y mi computadora la 16. Como verán, soy una insignificancia, si se me perdona el uso incorrecto del término. Una hojita más en la frondosa jungla de la city porteña. Un conjunto de números, entre el DNI, el pasaporte, la cédula, el CUIL, la credencial de abogado y las tarjetas de crédito.
Por una de esas suertes, mi escritorio tiene una ventana y en los momentos en los que el tedio del trabajo monótono y desabrido me abruma, tengo la posibilidad de analizar los movimientos, esos casi milagrosos, que ocurren en el mundo, mientras finjo que pienso.
Seguramente los demás crean que soy un tonto, un tipo común. Pero no soy yo el que se la pasa viviendo en su Blacberry o publicando fotos en Facebook para decirle a los demás: mirenme, tengo vida, soy interesante, exitoso o sexy. Prefiero los lugares de parias y muchas veces la soledad. Será un acto de soberbia disfrutar tanto la propia compañia...?
Lo cierto es que llegué a la conclusión de que la vida es un absurdo. De que la existencia no tiene mérito alguno y por ende, el éxito, el fracaso o las frustraciones me tienen sin cuidado. Con una mente libre de esos pesos que a todos abruman, me la paso desde mi insignificante rincón en el mundo, disfrutándolo todo.
Claro que no me gusta ir a trabajar. No obstante, soy capaz de pasarla de maravillas en el tren, deleitándome con la conducta de los demás. Me gusta sonreirle a un extraño sin motivo alguno y verlo reaccionar perdido ante un gesto que no se esperaba. Observar a las parejas besarse con fuego a las 8 de la mañana y la mirada de desaprobación de algunos, observar a los que suben con las bicicletas, de mirada cansada, o al llegar a la oficina, conversar con los burguesitos que no son concientes de que a la larga todos somos un poco nada...en fin observarlo todo...
Pero, por sobre todas las cosas, me resulta sublime cualquier momento en el que alguien me cuenta su historia. Me gusta escuchar al portero, al gerente, a Clara, de nueve años e incluso a Lucio, un ciego que pide limosna en el tren. La complejidad de toda persona es bellisima. La sabiduria escondida en los demás es ilimitada. Las lecturas del mundo y de la condición de hombres escondidas en frases triviales...
Llego a casa a eso de las siete y media. Me queda poco tiempo del día para vivir fuera de la oficina, lo cual me parece un absurdo y más absurdo que todos lo aceptemos, y al aceptarlo, lo volvamos una realidad.
En fin, cuando me muera, habrá un Donadie menos. Ubit sunt.
5 comentarios:
"j'hier soir ai presque pu échapper de mon corps, mais sur la fin, l'âme se me enredó au coeur et au diable la fuite"
Ud. siga escuchando, y vea..., y junte las miradas de la gente...toda sabiduria puede enriquecernos.
Pdta.: Ces "burguesitos" sont réels???.. et pensent???
Ah eso se le llama innovar una versión...gracias!!
Ce blog est devenu très pro-français.
Je ne comprends pas le français.
Le castillan est une langue riche.
Mon dieu...diablé...sacré.
il est clair que J'utilise le traducteur.
Me gusta más que escriban en castellano....
Los burguesitos son personas con dinero menos conscientes de su insignificancia que el resto.
Entre ellos, hay unos pocos que si bien son burgueses por su condición económica, poseen un espíritu curioso y con afán de arte que los "Sana".
Me siento un bourgois entonces.El "casteyano" es una lengua rica para expresarla y pronunciarla correctamente
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