Se pasa la vida en la mesa de un bar. La charla entre amigos es buena o tal vez el alcohol. Un amarillo oxidado le cubre parte del dedo y le tiñe poco a poco los dientes: los cigarrillos lo devoran por dentro como el humo de un encantador que promete magia en la tierra del desencanto. Se deja beber en quimeras, en fantasmas y demonios y placeres. Se rie con el porte de un rey, y al hacerlo, empuja bruscamente de la mesa todo el protocolo social de un plumazo. No pide permiso, ni pide perdón. Lee esta vida como a un gran libro y a la vez lo escribe, soberbio y digno. La música, el humo y los rostros, distintos pero iguales, que desfilan buscando compañía.
Y él tiene los ojos más inocentes pero la mirada más profunda. Calla antes de hablar y todo cuanto dice resulta intenso. Hasta lo más sencillo. Nunca se cansa de tranzar con los antojos de su orgullo. Es él como nadie y no siente miedo al elegir.
Ella sueña desde siempre con un principe. Parece fuerte y audaz, y no es más que una niña. Se rie con ganas y se pasa las tardes leyendo lo que no vive. No sabe bien a donde ir ni si realmente quiere lo que cree que desea. Su vida es como un fichero, colmada de estructura, vacia y sencilla, pero funcional. Siente que el amor lo es todo, que ninguna gloria alcanza en la soledad. Que la compañía no es amor y que él nunca va a ser suyo. Lo admira como niño al héroe de su infancia. Le aterra envejecer y la enfurece la indiferencia. Se le llena la boca de besos y el cuerpo de fiebre. Sueña de más y se sostiene en pequeñas fisuras de la rutina que fabrica y colecciona.
El piensa que ella es igualmente bella y obstinada. La quiere, pero más quiere su libertad. Infinita y terca, como él. Somos opuestos, le dijo.
Algun día querrá volver a casa y no sentirse tan solo.
Un bebé llorando también es un milagro y el rostro de la misma mujer, que envejece con serenidad a nuestro lado es infinitamente más digno que la piel firme de una mujercita que lleva el sexo a flor de piel.
Dueño y esclavo de si mismo, la deja ir.
Ella se marcha con el alma rota y mordiéndose el orgullo, calla. El, en la mesa de un bar...
2 comentarios:
Entiendo que te referís a esos típicos que nunca definen nada...que se creen dueños de todo...
No hay que darles más bola por más que sean lo más. Moradores de bares? Fumadores que se fuman todo? Mujeriegos?
Mejor tenerlos lejos!
Ceci, muy buen contrapunto entre los dos "personajes" de la historia que nos contaste. Lo del "fichero" y su vida...que imaginación. En síntesis, la dejo ir porque solo la quería...y no la amaba.
Pdta.: Anónimos...no se tiren sobre algunos "vicios humanos" placenteros que da gusto tenerlos cerca!!!
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